.:  F a n f i c t i o n  :.



Camus x Milo



Oído

Capítulo único.


Te volví a llamar, recibiendo de nuevo el mismo aviso.

En los altavoces del ordenador una canción moría para dejar paso a otra.
Mi ceja se elevó más de lo esperado.

- Joder, eso no ayuda.

Las notas tristes y melódicas de alguna banda sonora irrumpieron en mi habitación y llamaron a la puerta de mi corazón siendo rechazadas coléricamente por este.

No, no y no.

Insistí de nuevo, pero la voz perfectamente modulada de la grabación no dejaba dudas sobre mis oportunidades de contactar contigo.

«Apagado o fuera de cobertura.»

Estaba empezando a odiar aquellas palabras.

Te echaba de menos.
Más de lo que nadie pudiera creer.

Me faltaban tus contestaciones frívolas a mis conversaciones sin sentido.
Necesitaba la barrera que suponías entre mi yo real y el mundo.

Siempre te culpaban de poner una máscara de hielo sobre tu rostro y a mí por ser demasiado natural. Pero en realidad nunca comprendieron nuestras naturalezas.

Tú te mostrabas tal cual eras, en cambio yo…

Suspiré suavemente.

No me gustaba pensar tanto, pero no podía evitarlo.

Mi pulgar apretó el botón verde dos veces de forma automática.
Tan siquiera estaba prestando la debida atención a la pantalla. No hacía falta, podía ver con claridad la luz parpadeante desde el margen de mi visión.

La música cambió de nuevo, esta vez a una melodía más intrigante.

Di la vuelta a mi silla de ruedas y apoyé los pies en el escritorio, mirando el monitor con escepticismo y ansiedad.

- ¿Qué pretendes? –pregunté a la nada- ¿Ser la banda sonora de mi vida?

Como contestando, instrumentos de metal se unieron a las cuerdas de los violines disipando la tensión del momento con un susto que hizo que saltara sobre el cojín de mi asiento inconscientemente.



Abrí los ojos, los cerré, los entrecerré.
Miré mal al programa de reproducción.

Las notas se volvieron lentas y escurridizas.

«¿Y ahora qué?» me preguntaba mirando la pantalla apagada.

No era mi costumbre dormir sin haber hablado con él.
No era mi costumbre rendirme tan fácilmente.

Fácilmente sí, pero no tanto.

Apreté de nuevo los botones y me llevé el teléfono a la oreja, bajando los pies del escritorio y apoyando los codos. Con mi espalda encorvada esperé.

Una y otra vez.

Frustrado me giré de nuevo, haciendo chirriar las ruedas de la silla y echando el aparato sobre la cama sin ninguna consideración.
Lo vi rebotar contra el nórdico antes de esconder mi rostro entre las rodillas y los brazos.

Mis hombros se movieron, sacudidos por la angustia de no saber nada de tí.

De los altavoces surgió una voz tranquila y dulce que acariciaba mis oídos con mimo.

Conocía la canción.
Era una nana.

Estaba en latín.

Las cuerdas suaves y los coros apropiados hicieron que mi mente flotara durante unos minutos, dándome el tiempo para estabilizar mis emociones desbordadas.

Eran tantas y tan complejas que si las mostrara todas la gente que me rodeaba terminaría ahogándose en ellas.
Arrastrados por la fuerza de mis sentimientos.

Extendí mi mano tratando de tocar físicamente una presencia que no estaba allí.

- Camus… -susurré.

La falta de aliento era obvia.

Ellos decían que era yo el que te había seducido.
Aquel que te había enamorado hasta la médula con mi encanto.
Aquel que jugaba con tu corazón, haciéndote creer que te necesitaba. Haciendo de tus ojos un par de ciegos por mi amor.

Pero no sabían nada.

La música volvió a cambiar.
Las notas eran claras y cortas. Algo estridentes.
Un solo de guitarra eléctrica marcaba el inicio del rock-metal.

«¿Qué más da?» pensé «Al final siempre me quedo sólo.»

Ladeé la cabeza, mirando el armario con aprensión. Mis labios se fruncieron y mis cejas se buscaron sin llegar a encontrarse.
Enfadado con el mundo, cerré los ojos y esperé.

Me gustaba aquella canción.

Cuando terminó decidí apagar el ordenador.
Era tarde y aunque no pudiera dormirme, al menos trataría de descansar.

Manejé el ratón mientras restregaba el nudillo de la mano izquierda por mis ojeras.
Pinché sobre la tecla cuadrada para terminar con el nuevo tema que empezaba. Suspiré otra vez.

«Maldita música.»

Terminé de cerrar todos los programas y apagué el ordenador.
El ruido incesante del ventilador a toda potencia, combatiendo contra el calor de la estufa, dejó un zumbido sordo en el aire durante unos momentos antes de desaparecer.

- No más sonidos en mi vida por hoy.

Di la vuelta sobre el eje de la silla y bostecé estirándome.

Ahora, en soledad con mis pensamientos puedo darle palabras a la sensación que me rondaba desde hacía un rato.

Ellos no saben que el que me enamoré fui yo.

Trepo a la cama, con manos por delante y rodillas siguiendo por detrás.

Ellos no saben que el único seducido soy yo.

Busco el cargador del teléfono por todas partes antes de meterme debajo de la funda nórdica, dispuesto a dormir.

Ellos no saben que ninguno de los dos está jugando.

Miro una última vez en móvil. Conecto el cargador y un nuevo pitido entra en mi vida para llenar mi sentido acústico.

Un último suspiro antes de darme la vuelta.

Cierro los ojos esperando que Morfeo haga su aparición ante mí.

Las luces se acercan.

Un nuevo sonido que percibir.

Abro los ojos y me incorporo. Aprieto la tecla sin dilación.

- ¡Al fin! –exclamo- ¿Hola?
- Perdón… -contesta la voz del otro lado- He tenido una tarde infernal.

Sé que estoy sonriendo. Sé que mis mejillas están rojas.

Aparto un mechón de mi mejilla para acomodarlo detrás de mi oreja.

- ¿Milo? –indagas.
- Estoy aquí.

Empiezas a hablar, contando lo que te ha ocurrido esta tarde.

He oído muchas cosas hoy.
Pero ninguna como tu voz.

-FIN-


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